Jaycel Nova
RUNNING 4 min de lectura

El Kilómetro 32

El Kilómetro 32

Jaycel Nova Profile
Jaycel Nova

El Kilómetro 32 Hero

Kilómetro 32.

Llevaba horas corriendo. Había planificado cada detalle — el ritmo, la hidratación, la ropa, la ruta. Todo bajo control. Como siempre.

Y entonces la fascia dijo basta.

No fue gradual. Fue un aviso que el cuerpo manda cuando ya no negocia más. Y en ese momento, en esa calle, entendí algo que nunca había enfrentado en mi vida:

No podía avanzar fácil.

Y tampoco podía renunciar fácil.

Por primera vez en mucho tiempo — estaba atrapado conmigo mismo.


Para entender lo que pasó en ese kilómetro, tienes que conocer al hombre que llegó hasta ahí.

Yo siempre fui creativo. Siempre tuve ideas, proyectos, sueños. Pero había una frase que vivía en mi cabeza y que repetía tan seguido que dejé de cuestionarla:

Yo no puedo hacer eso.

No porque alguien me lo dijera. Sino porque yo mismo me lo creí.

Años antes, mi cuerpo tampoco era un lugar cómodo para vivir. El sobrepeso no era solo físico — era la forma en que me veía, la forma en que me limitaba, la forma en que me autoexcluía de cosas que en el fondo sabía que podía hacer.

Una cirugía me cambió el cuerpo. Me mostró lo que era posible a lo externo.

Pero adentro — adentro seguía siendo el mismo hombre que se ponía sus propios límites antes de intentar nada.


Salí en el último corral. El N.

Los primeros kilómetros fueron lo que todo el mundo imagina de un maratón — gente gritando, música, energía que te empuja aunque las piernas no quieran. Chicago apoya como pocas ciudades en el mundo. La gente sale a la calle a empujarte, a celebrarte, aunque no te conozcan.

Pero los últimos corredores pagan un precio que nadie menciona.

Para cuando llegué al kilómetro 32, la ciudad ya había seguido su vida. Las multitudes se habían ido. Las calles estaban casi vacías. No había nadie gritando, nadie empujando, nadie recordándote por qué empezaste.

Solo yo. Y la fascia plantar — si no la conoces, reza para no conocerla — cada paso era un recordatorio de que algo estaba muy mal.

En ese silencio, en esa soledad, hice lo único que me quedaba.

Le pregunté al Señor: ¿por qué?

Iba bien. Había llegado hasta ahí. Sentía que me había ayudado — y ahora me sentía solo. Castigado. Abandonado en el peor momento, en el lugar menos indicado para caerse.

Era un hombre roto hablándole a Dios en medio de una calle vacía, con los pies ardiendo y sin saber si el próximo paso iba a ser el último.

Y en ese silencio — sonó mi teléfono.

Fernando Alba. Me preguntó dónde estaba y cómo andaba.

Fernando no sabía nada de esa parte mía. No sabía del hombre que siempre encontraba la salida, del que se rendía antes de intentar, del que cargaba años de yo no puedo sin que nadie lo viera.

Pero como por designio divino — dijo exactamente lo que necesitaba escuchar.

Busca la raya azul y síguela. No te pares.

Nada más. Sin análisis. Sin discurso motivacional. Solo eso.

Y fue suficiente.

Hasta hoy pienso que esa llamada no fue casualidad.


Crucé la meta.

Y no voy a decirte que fue un momento de euforia perfecta. Fue agotamiento, dolor, y algo más difícil de describir — una especie de silencio interno que nunca había sentido.

Como si algo que había cargado por años se hubiera quedado en esa calle.

Después de ese día empecé a hacerme preguntas que había evitado toda mi vida. Me hice coach — decía que quería entender a otros. Pero la verdad es que terminé conociéndome a mí más que a otra cosa. Luego me hice mentor. Empecé a inventar cosas. Volví a estudiar. A soñar.

Y lo más importante — empecé a notar la frase.

Yo no puedo hacer eso.

Cada vez que aparecía, ya no la dejaba pasar sin cuestionarla. ¿Es verdad? ¿O es la misma voz de siempre bloqueándome otra vez?

Casi siempre era eso.


Hay algo que nadie me enseñó y que tardé décadas en entender:

El problema no era que no podía. El problema era que nunca me había quedado sin la opción de renunciar.

Siempre había una salida elegante. Siempre había una razón válida para no intentarlo. Siempre había una versión de yo no soy el indicado que sonaba suficientemente razonable.

El kilómetro 32 me quitó todas esas salidas.

Y descubrí que debajo de las excusas — debajo de años de autoexclusión — estaba la persona que siempre quise ser. Esperando. Sin ir a ningún lado.

No te necesitaba más listo. No te necesitaba más preparado. Solo te necesitaba sin escapatoria.


Hoy organizo eventos de running. Tengo proyectos que hace cinco años me habrían parecido imposibles. No porque me haya vuelto otra persona.

Sino porque por fin me dejé de esconder de mí mismo.

Y te voy a dejar con una sola pregunta — la misma que yo evité por años:

¿De qué estás huyendo que en el fondo sabes que puedes enfrentar?

Porque el kilómetro 32 llega para todos. La pregunta es si vas a contestar la llamada.

La fecha no se mueve… el tiempo no para
A veces liderar no consiste en esperar que todo esté listo, sino en decidir que hay que arrancar aunque falten piezas por acomodar.