Jaycel Nova
PATERNIDAD 3 min de lectura

Las dos mujeres que no me dieron todo

Las dos mujeres que no me dieron todo

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La cesárea estaba pactada.

Llegamos de madrugada. Una espera. Nervios aquí, desesperación por allá. Nuestra primera hija estaba a minutos de nacer y yo no sabía dónde poner el cuerpo.

Se la llevaron a sala de cirugía. Minutos después me buscaron para entrar.

La doctora me avisó — "ya viene" — y al segundo siguiente la vi. Me la mostró directamente. "Hola, Grethel".

Ahí me pasó algo que no supe explicar hasta después. Un flash. Pasado y futuro al mismo tiempo. Un segundo donde vi todo lo que me había traído hasta ese cuarto y todo lo que venía después.

Y la primera frase que me salió fue esta:

Mami tenía razón.

No sé exactamente en qué. En todo, creo.


De niño yo cargaba una lista.

No estaba escrita en ningún sitio, pero estaba ahí. Las cosas que no llegaron. Las palabras que nunca se dijeron. Los momentos que faltaron. Una lista que cargué durante años sin darme cuenta de que la cargaba.

Nadie te avisa que esa lista tiene fecha de vencimiento.

Te das cuenta la primera vez que quieres resolverlo todo y no puedes. La primera vez que quieres darlo todo y descubres que todo no alcanza. La primera vez que caes en cuenta de que tus padres no te dieron lo que querías — te dieron lo que podían.

Son cosas distintas. Muy distintas.

Mi madre me crió con lo que tenía. Con sus límites, con sus heridas, con sus propias listas sin resolver. Falló. Como fallan todos los que de verdad lo intentan. Y en algún momento de mi vida decidí soltar esa lista. No como olvido. Como comprensión.

Pero ella no soltó nada.

A la distancia, sin las mismas fuerzas de antes, sigue dando lo que puede. Y lo que puede ya no es poco — es todo lo que le queda. Eso me desarma más que cualquier recuerdo de infancia. No la mujer joven que me crió. La mujer que todavía intenta, desde lejos, con menos energía y la misma intención de siempre.

Eso no lo veía antes. Lo veo ahora.

A veces me habla como si yo todavía fuera el niño malcriado que le dio carpeta. Y con los años encima, lo recibo con calma. Mil veces no pude. Mil veces pequé de adolescente y le respondí como si ella me debiera algo.

Pero ese niño difícil que ella todavía ve — también la formó a ella. También le costó. También fue su manera de querer.


Con Erika fue distinto.

Yo me enamoré. Ella me escogió.

No es lo mismo.

Erika no llegó a mi lado por impulso. Lo evaluó. Lo sintió. Y aun así, eligió. Eso no es amor a ciegas — es amor con los ojos abiertos. Y ese pesa más.

Con elegirme me honró.

No vino a llenar lo que faltó. Vino a caminar. Sin manual, sin garantías, con sus propias fallas y su propia historia. Lo extraordinario en ella no es que sea perfecta. Es que está. Que eligió estar. Que sigue eligiendo, hasta el final de este ciclo que llamamos vida.


La lista que cargué durante años me enfocaba en lo que faltó. Nunca en lo que había. Nunca me queje, pero ahí estaba.

Así funcionamos. Contamos huecos. Rara vez contamos lo que sostiene.

En ese cuarto, con Grethel recién nacida, lo vi todo claro por un segundo. No vi lo que me faltó. Vi lo que tuve. Lo que tengo. A las dos mujeres que sin ser perfectas, sin tenerlo todo resuelto, estuvieron y siguen estando.

Esa es la pregunta que te dejo: ¿en qué estás enfocado — en lo que te faltó o en lo que tienes?


Mami, Erika — esto es para ustedes.

Dos mujeres. Ninguna perfecta. Pero de lo mejor que he vivido.

Una me enseñó de dónde vengo. La otra camina conmigo hacia donde voy.

Dios me las bendiga a las dos.