Jaycel Nova
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El Laberinto

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El Laberinto

Tengo dieciséis años. Llego a la casa y algo falta. No es un mueble, no es un ruido — es una presencia. Mi padre se fue.

Mi hermano lo vio irse. Yo no. Yo llegué después, a la casa ya vacía.

Mi madre y él no estaban bien, y yo lo olía sin saber nada. Y cuando confirmo que se fue, algo en mí — no en la superficie, en lo profundo — se pone tranquilo. Hasta alegre.

Se lo digo a mi madre. Le digo que me alegro de que se haya ido.

Nunca había visto esa ira en ella. No hacia él. Hacia mí. Y la distancia que eso abrió entre nosotros — no fue mucha, pero fue suficiente para que yo quedara de mi lado, y ella del suyo. No creo que se haya cerrado del todo, ni treinta años después.

Aprendí a vivir en el medio. Mi hermano necesitaba algo de él, y el regaño me tocaba a mí. Mi madre necesitaba algo de él, y el regaño me tocaba a mí. Una vez le pregunté por qué. Me dijo que el problema no era con nosotros — era con mami. Nunca se dio cuenta, o nunca le importó, que nosotros éramos el colateral.

Nunca nos faltó comida. Una vez al mes, ya separados, hacíamos la compra juntos — él y yo, veinte minutos en un supermercado. Nunca lo dijo, pero yo lo sentía mudo en cada viaje: toma, para que comas. Como si eso cerrara la cuenta.

Nunca le discutía — siempre tenía la razón, o se la tomaba. Pero yo sabía decir las cosas maquilladas, encontrar la forma de que llegaran sin chocar. Mi hermano no. Hablan, pero superficial — lo que sé de lo que carga me lo dio en fragmentos, nunca de frente. Se lo tragó por años. Todavía lo hace.

Pasaron los años. Mi padre, a distancia. Los niños que éramos nos volvimos hombres — nos casamos, tuvimos hijos. Nunca lo hablamos entre nosotros, ni una vez, pero los dos llegamos al mismo lugar: imitar lo bueno, aborrecer lo malo. Mi hermano es un padre tremendo. Yo renuncié a un trabajo para no perderme el colegio de mi hija. No estar me mataba.

Y entonces, de vacaciones en París, a las tres de la mañana, el teléfono suena. Es Santo Domingo. Mi padre se cayó. Se rompió la cadera.

Llamo a mi hermano — el que todavía se lo traga sin decirlo de frente. Le pido que vaya a buscarlo. Y arranca. Lo sube a una ambulancia, lo lleva a una clínica, y para cuando yo llego, días después, ya está listo para operarlo. A los cinco días, operado.

Le digo a mi esposa: si lo dejamos así, se va a morir por descuido, y esa culpa no la voy a poder cargar. Muevo a mis hijas a un cuarto para darle una habitación a él. Casi un año después, sigue viviendo en mi casa.

Podría haber dicho "usted me abandonó, que se joda." Tenía el derecho. Mi hermano también. Pero no somos esa clase de persona.

Por eso mi forma de estar es tenerlo en mi casa, cerca, donde puedo hablarle aunque no siempre quiera. La suya es otra: viaja hasta mi casa a bañarlo, casi sin palabras. Como si fuera su hijo, pero mudo — no cuenta nada, no se abre, a menos que yo mismo lo busque y pregunte. Con nuestro padre, hace lo mismo que hace conmigo. Los dos, cada uno a su manera, seguimos pagando con presencia lo que él pagó con ausencia — yo hablándole, él a su lado, en silencio.

Eso es lo que tuve para aprender a ser padre. Nadie me enseñó el resto.

Y aun con eso, sigo intentando dar lo que no conozco.

Las mando a acostar. Las reprendo. Y en ese instante exacto entro a un laberinto que no elegí y del que no salgo nunca del todo: si pongo el límite, ¿estoy siendo firme o me estoy pareciendo a él? Si cedo, ¿estoy siendo padre o me están manejando? No hay una puerta correcta en ese laberinto — cada una tiene su propio miedo esperando del otro lado.

Pero confío. Confío en que de él me llevo lo mejor y lo peor, y que los dos me sirven. Lo mejor me lleva a cumplir lo que le debo a mis hijas. Lo peor —el miedo a desaparecer como él lo hizo— también. Es ese miedo el que no me deja borrarme, el que me mantiene ahí, presente, en su día a día, aunque no siempre sepa si estoy haciéndolo bien.

Ese equilibrio, el que debería tener resuelto después de tantos años practicándolo, todavía no lo tengo. Pero me quedo en el laberinto. Por ellas.