Volví a fallar
Volví a fallar
Por segundo año consecutivo, mi maratón terminó prácticamente en el mismo lugar: el kilómetro 21.
Otra vez me quedé sin cruzar la meta. Otra vez regresé sin la medalla que había ido a buscar.
Pero esta vez hubo algo diferente.
No lloré. Y eso que soy llorón.
Para entender por qué, tengo que contarles cómo comenzó todo.
Chicago corre contigo
Se suponía que haría frío en Chicago.
Vamos… ¡es Chicago!
Uno piensa en la Ciudad de los Vientos y se imagina temperaturas frescas, un clima agradable para correr y, con algo de suerte, ese frío que tanto agradecemos quienes entrenamos bajo el sol del Caribe.
Pero cuando llegamos a los corrales de salida, ya teníamos calor.
No el calor de República Dominicana, por supuesto. Ese es otro campeonato. Pero sí suficiente para que comenzáramos a preguntarnos qué nos esperaba durante las próximas horas.
Todavía no habíamos recorrido un solo kilómetro y las condiciones ya eran diferentes de las que habíamos imaginado.
Sin embargo, cuando llegó el momento de salir, todo eso pasó a segundo plano.
Chicago tiene una energía extraordinaria.
La ciudad te recibe con sus rascacielos, su arquitectura impresionante, sus avenidas interminables y miles de personas que salen a las calles para animar a corredores que ni siquiera conocen.
Es difícil explicar lo que se siente.
La ciudad parece convertirse en una sola celebración. Hay música, gritos, aplausos y personas que te animan como si llevaran meses acompañándote en tu preparación.
Allá tienen una frase que describe perfectamente la experiencia:
Chicago corre contigo.
Y créanme que se siente.
Un kilómetro se convirtió en dos. Luego tres, cuatro, cinco…
Miles de personas hacían que todo pareciera más fácil.
Seis, siete, ocho, nueve…
Me sentía bien. Iba siguiendo mi plan de carrera y el ritmo estaba dentro de lo previsto.
Después de tantos meses de preparación, estaba haciendo aquello para lo que había viajado hasta Chicago.
Correr.
Disfrutar.
Avanzar hacia una meta que había imaginado muchas veces.
Los 32 kilómetros que todavía faltaban
Al llegar al kilómetro 10 comenzó ese juego que la mente sabe jugar tan bien.
Una vocecita apareció para recordarme algo que, evidentemente, yo ya sabía:
«Te faltan 32 kilómetros».
Treinta y dos.
Como si no fuera suficiente con tener que correrlos, mi cabeza quería que empezara a preocuparme por todos ellos al mismo tiempo.
Me mandaba a callar.
No quería pensar en lo que faltaba. Quería concentrarme en lo que estaba haciendo, mantener el ritmo y continuar avanzando.
Durante meses había entrenado para correr esta distancia. No tenía sentido comenzar a sufrir mentalmente por kilómetros que todavía no habían llegado.
Pero la mente es complicada.
Puede acompañarte durante horas y, de repente, convertirse en tu adversario más insistente.
Aun así, las piernas respondían y yo seguía adelante.
Hasta que, cerca del kilómetro 12, apareció algo que no esperaba.
Cuando el cuerpo comienza a hablar
Primero fue una molestia extraña.
No era una sensación habitual para mí. De repente, sentía que no podía empujar como antes.
Intentaba mantener el movimiento, pero algo había cambiado.
No entendía exactamente qué estaba pasando.
Y mientras trataba de encontrar una explicación, apareció otra señal.
Al pasar por uno de los puestos de asistencia vi una bandera roja. La temperatura comenzaba a convertirse en un problema para los corredores.
Entonces mi cabeza empezó a sumar cosas.
La molestia.
La dificultad para empujar.
El calor.
La bandera roja.
Y aquellos 30 kilómetros que todavía me faltaban.
Hasta ese momento, mi plan había funcionado. Pero ahora estaba enfrentándome a condiciones que no había previsto.
Logré recuperarme un poco y decidí continuar.
Durante los siguientes seis kilómetros estuve batallando para mantenerme en carrera.
Más lento de lo planificado, pero insistiendo.
Intentaba encontrar un ritmo que mis piernas pudieran sostener. Trataba de mantener la concentración y no permitir que la preocupación se apoderara de mí.
Un kilómetro más.
Y otro.
Hasta que llegué al 18.
«¡Por Dios, otra vez no!»
En el kilómetro 18 comenzó el verdadero problema.
Las piernas empezaron a doler.
Intentaba empujar, mantener la cadencia lo más alta posible y continuar avanzando, pero no conseguía que respondieran como necesitaba.
Por más esfuerzo que hacía, los kilómetros parecían no llegar.
Mi cabeza quería seguir.
Mis piernas no me dejaban.
Y entonces ocurrió algo que todavía recuerdo con mucha claridad.
Comenzó un grito dentro de mí.
«¡No puede ser!»
«¡No otra vez!»
«¡Por Dios, otra vez lo mismo!»
No era un pensamiento tranquilo. Era un grito interno, a toda voz.
Porque reconocía aquella sensación.
Ya había vivido algo parecido en Berlín.
Y ahora estaba en Chicago, después de otro año de preparación, sintiendo que la historia comenzaba a repetirse.
Creo que esa fue una de las partes más difíciles de la carrera.
No solamente estaba enfrentándome al dolor de mis piernas. También estaba enfrentándome al recuerdo de un fracaso anterior.
Y cuando has trabajado durante meses para evitar que algo vuelva a suceder, descubrir que está ocurriendo otra vez puede ser devastador.
Había hecho un esfuerzo enorme para llegar hasta allí.
Había dedicado tiempo a entrenar, había organizado parte de mi vida alrededor de ese objetivo y había viajado con mi familia para vivir aquella experiencia.
Pero en ese momento nada de eso conseguía que mis piernas respondieran.
Y tuve que enfrentarme a una realidad que nos cuesta muchísimo aceptar:
Puedes hacer tu mejor esfuerzo y aun así obtener un mal resultado.
Nos gusta pensar que el esfuerzo siempre tiene recompensa. Que si trabajamos lo suficiente, nos preparamos y hacemos las cosas correctamente, tarde o temprano conseguiremos lo que buscamos.
Pero la vida no funciona necesariamente así.
A veces haces todo lo que crees correcto y fallas.
Y eso no significa automáticamente que no te esforzaste lo suficiente.
Significa que necesitas entender qué ocurrió.
Los tres kilómetros más difíciles
Del kilómetro 18 al 21 la carrera cambió completamente para mí.
Ya no estaba intentando convencerme de que podía terminar.
Estaba intentando convencerme de que no debía continuar.
Y créanme que esa conversación fue mucho más difícil.
Había viajado hasta Chicago para completar 42 kilómetros. Había entrenado durante meses y había imaginado muchas veces el momento de cruzar la meta.
Mi familia estaba allí acompañándome.
Pero mis piernas apenas me permitían avanzar como necesitaba.
¿Tenía sentido someterlas a otros 21 kilómetros en aquellas condiciones?
¿Valía la pena arriesgar mi salud por una medalla?
La respuesta parecía evidente.
Mi salud estaba por encima de cualquier maratón.
Pero una cosa es decirlo desde la comodidad de tu casa y otra muy distinta es aceptarlo cuando estás en plena carrera, rodeado de miles de personas que siguen avanzando hacia la meta.
Durante aquellos tres kilómetros fui aceptando algo que no quería aceptar.
Mi maratón estaba terminando.
No porque hubiera dejado de querer llegar.
Sino porque había decidido que continuar en esas condiciones no era lo correcto para mí.
Y así llegué al kilómetro 21.
Simplemente me senté.
Me senté a esperar a mi familia.
No hubo lágrimas.
Y eso que soy llorón.
Estaba agotado. Estaba triste. Había vuelto a quedarme a mitad de camino.
Pero había algo que me sorprendía incluso a mí mismo.
Estaba en paz.
No porque me diera igual haber fallado. Me importaba muchísimo.
Estaba tranquilo porque sabía que había tomado una decisión con la que podía vivir.
Cuando llegó mi familia, lo primero que les dije fue:
«Aprender a perder es necesario».
No lo había preparado. No era una frase que llevara ensayada para convertirla después en una reflexión.
Fue lo que me salió en aquel momento.
Y desde entonces he pensado mucho en esas palabras.
Aprender a perder no significa resignarse
Quienes emprendemos estamos acostumbrados a buscar soluciones.
Somos empresarios, vendedores, administradores, creadores de contenido, líderes de equipos y, muchas veces, solucionadores de problemas que ni siquiera imaginábamos tener.
Nos pasamos la vida intentando que las cosas funcionen.
Si una venta se complica, buscamos alternativas. Si un proyecto se retrasa, reorganizamos. Si una estrategia no produce resultados, intentamos corregirla.
Estamos tan acostumbrados a resolver problemas para todo el mundo que a veces olvidamos que nosotros también podemos fallar.
Y que no siempre tendremos una respuesta inmediata.
Durante mucho tiempo he creído en la importancia de insistir, de trabajar y de no abandonar los objetivos ante la primera dificultad.
Sigo creyendo en eso.
Pero Chicago me recordó que existe una diferencia entre perseverar y obstinarse.
Perseverar implica adaptarte, aprender y encontrar nuevas maneras de avanzar.
Obstinarte puede significar continuar haciendo algo simplemente porque ya invertiste demasiado para aceptar que necesitas detenerte.
En los negocios también sucede.
A veces mantenemos proyectos que no funcionan porque hemos invertido demasiado tiempo o dinero. Seguimos defendiendo decisiones equivocadas porque reconocerlas nos resulta incómodo. Insistimos en estrategias que no producen resultados porque aceptar que debemos cambiarlas nos parece una derrota.
Pero detenerse a tiempo también puede ser una buena decisión.
No siempre abandonar un intento significa renunciar al objetivo.
Yo abandoné aquella carrera.
No he decidido abandonar mi aspiración de terminar un maratón.
Son dos cosas diferentes.
El recorrido también cuenta
Hay algo más que he tenido que recordarme desde que regresé.
No llegar a la meta no significa que no haya existido un recorrido.
Esos 21 kilómetros existieron.
También existieron las madrugadas entrenando, los días de cansancio, los sacrificios, los pequeños avances y las experiencias que fui acumulando durante meses.
Nada de eso desapareció cuando decidí sentarme.
El resultado fue malo. No conseguí lo que había ido a buscar.
Pero sería injusto conmigo mismo considerar que todo el trabajo fue inútil.
Lo mismo ocurre cuando dirigimos una empresa.
No todos los proyectos prosperan. No todas las inversiones dan frutos. No todas las decisiones producen el resultado esperado.
Pero incluso cuando algo no funciona, podemos haber desarrollado conocimientos, habilidades y capacidades que antes no teníamos.
Eso no convierte automáticamente un fracaso en una victoria.
Y tampoco debemos utilizarlo como excusa para evitar evaluar nuestros resultados.
Porque hay una diferencia enorme entre haber aprendido algo y haber corregido aquello que nos hizo fallar.
Aprender de un fracaso no significa simplemente recordar lo sucedido. Significa hacer algo diferente con lo aprendido.
Esa es ahora mi responsabilidad.
Analizar qué ocurrió, cuestionar mis decisiones, revisar mi preparación y entender qué debo cambiar.
No me basta con decir que hice mi mejor esfuerzo.
Necesito comprender por qué ese esfuerzo no produjo el resultado que buscaba.
Las personas que aparecen cuando fallas
También hay algo que sucede cuando las cosas no salen como esperabas.
Aparecen las opiniones.
Algunas personas se acercan para preguntar qué ocurrió, compartir experiencias o ayudarte a encontrar respuestas.
Otras se limitan a señalar que fallaste.
Con los años he aprendido a distinguir entre ambas actitudes.
La crítica constructiva no siempre es agradable. A veces te dice precisamente aquello que no quieres escuchar.
Pero tiene un propósito: ayudarte a mejorar.
La burla, en cambio, no necesita comprender lo que sucedió. Le basta con exhibir el resultado.
Y aquí también hay una lección para quienes dirigimos equipos o tenemos responsabilidades sobre otras personas.
No debemos rodearnos únicamente de quienes nos dicen que todo está bien.
Necesitamos personas capaces de cuestionarnos, señalarnos errores y ayudarnos a ver aquello que nosotros no estamos viendo.
Pero tampoco podemos permitir que el miedo a las opiniones ajenas determine todas nuestras decisiones.
Porque siempre habrá alguien dispuesto a juzgar una historia completa utilizando únicamente su última página.
¿Y si vuelvo a fallar?
Esta es probablemente la pregunta más importante que me he hecho desde que regresé de Chicago.
¿Y si vuelvo a intentarlo y sucede exactamente lo mismo?
No tengo una respuesta que garantice que eso no ocurrirá.
Y quizás ahí está una de las mayores diferencias entre intentarlo por primera vez y hacerlo después de haber fracasado.
La primera vez avanzas con ilusión, expectativas y cierta inocencia.
No conoces completamente el costo emocional de quedarte corto.
Pero cuando ya has fallado, la historia cambia.
Conoces el cansancio.
Conoces la decepción.
Conoces las dudas.
Sabes lo que significa regresar sin haber conseguido aquello por lo que trabajaste durante meses.
Y sabes que puede volver a suceder.
Por eso creo que volver a intentarlo después de fracasar requiere una valentía diferente.
No necesariamente más fuerza física.
Ni una confianza ciega en que la próxima vez todo saldrá bien.
Requiere aceptar la posibilidad de volver a fallar sin permitir que ese miedo gobierne todas tus decisiones.
Y también requiere humildad.
La humildad de reconocer que quizás tu preparación no fue suficiente para las exigencias de aquel día. Que tal vez hubo señales que no interpretaste correctamente. Que existen cosas que debes investigar antes de volver.
No tengo todavía todas esas respuestas.
Pero quiero encontrarlas.
Creo que ahí también se manifiestan la madurez y la inteligencia emocional.
No en fingir que el fracaso no duele.
No en repetir frases motivacionales para convencernos de que todo sucede por una razón.
Sino en poder mirar lo ocurrido sin destruirnos emocionalmente, sin negar nuestros errores y sin convertir una mala experiencia en una sentencia definitiva sobre nuestras capacidades.
Regresé sin medalla
Regresé de Chicago triste y cansado.
Sin la medalla que fui a buscar.
Pero también regresé agradecido.
Agradecido por una ciudad extraordinaria que, durante 21 kilómetros, realmente corrió conmigo.
Por una experiencia que disfruté incluso cuando las cosas comenzaron a complicarse.
Por mi familia, que estuvo allí acompañándome y que llegó a encontrarme sentado, tranquilo, después de haber tomado una decisión difícil.
Y por todo lo que viví antes de llegar a aquel kilómetro 21.
No voy a disfrazar el resultado de victoria.
Fui a Chicago a terminar un maratón y no lo conseguí.
Eso es un hecho.
Pero también es un hecho que aprendí cosas que no habría aprendido de la misma manera si todo hubiera salido exactamente como lo había imaginado.
Ahora me toca hacer algo con ese aprendizaje.
Analizar. Corregir. Prepararme mejor.
Y después decidir cuándo y cómo volver a intentarlo.
Porque no quiero regresar a otro maratón simplemente a repetir lo mismo esperando un resultado diferente.
Quiero darme una oportunidad real de hacerlo mejor.
No sé si la próxima vez conseguiré cruzar la meta.
Lo que sí sé es que no quiero permitir que el miedo a fallar tome esa decisión por mí.
Y si algo me dejó aquella tarde, sentado en el kilómetro 21, fue una certeza:
Aprender a perder es necesario.
Porque perder no te convierte en un fracasado.
Porque reconocer un límite no significa que carezcas de valentía.
Y porque a veces la decisión más difícil no es seguir avanzando, sino saber cuándo detenerte para poder volver mejor preparado.
Volví a fallar.
Pero todavía no he terminado.