Seis veces al día
Seis veces al día
Grethel y yo nos podemos pasar horas abrazados frente al televisor sin decir una palabra. Para mí, eso es amor. Tiempo de calidad, sin necesidad de nada más.
Pero en algún momento, en medio de ese silencio cómodo, ella lo rompe.
"Papi, ¿tú me quieres?"
"Papi, ¿estoy linda?"
Y ahí, aunque lleve una hora abrazándola, siento que no basta. Porque Grethel no habla mi lenguaje. Ella necesita palabras — que se lo diga, que se lo repita, seis veces al día si hace falta. Y yo, que creía que abrazarla ya era la respuesta, me doy cuenta de que para ella el abrazo no alcanza si no viene con la palabra.
La primera vez que me pregunta en el día, es fácil. La miro, le digo que sí, y es verdad — está linda. Ella sonríe y sigue con lo suyo.
La segunda vez, todavía no pasa nada. Contesto igual. Sí, mi amor, estás linda.
Pero llega la tercera. La cuarta. La quinta vez que me pregunta lo mismo, con la misma necesidad, sin que nada haya cambiado desde la última vez que le contesté.
Y ahí, en algún punto del día — la sexta vez, capaz — algo en mí se cansa. No de ella. De mí. De no saber cómo darle lo que en el fondo me está pidiendo, que no es solo que le diga que está linda. Es que yo hable su lenguaje, no el mío.
Y esa saturación se me nota. En la cara. En el tono. En algo que ella ve, aunque yo no lo diga.
Vera, mi segunda hija, pide de otra forma. A ella lo que le gusta es que la vea bailar K-pop en la sala, cantándomelo entero, sin cámara — no le gusta exponerse, y en eso se parece a mí. Su tiempo de calidad es ese: que yo esté ahí, mirando, sin grabar nada. Grethel, en cambio, salió a su madre — más dispuesta a exponerse, a decir en voz alta lo que necesita. Y ahí entendí que el problema nunca fue tener una hija que "pide demasiado". Es que Grethel pide amor de la única forma que sabe pedirlo — en voz alta, con palabras — y yo, durante años, insistí en dárselo en la forma que yo sé dar, no en la que ella necesita recibir.
El problema es que mi cansancio de no saber responderle bien se le devuelve a ella como distancia. Y ella, que solo quiere que la vea, termina sintiendo que la miro menos.
Yo soy de todo, menos validador. Y lo sé. Lo siento. Controlar es lo que sé hacer — en los negocios, corriendo maratones, en cada decisión de mi vida. Controlar es no dejar escapar nada. Ni una palabra de más, ni un sentimiento fuera de lugar.
Pero con Grethel, controlar no me protege. Le cuesta a ella.
Escribir se volvió, hace un tiempo, la única grieta por donde me sale lo que no me sale en persona. Y escribiendo esto entendí algo que no había visto en todos esos días de "¿estoy linda?": esa pregunta nunca fue pequeña. Es de lo más valioso que Grethel me pide. Y yo, saturado de mi propia incapacidad, me la he estado perdiendo cada vez que contesto sin estar ahí de verdad.
No vengo a decir que ya lo resolví. Todavía, cuando Grethel me pregunta por sexta vez en el día si está linda, algo en mí duda antes de contestar. Y sé que mañana, y pasado, va a volver a preguntar — y yo voy a tener que volver a intentarlo, sin garantía de que esta vez me salga mejor.
La incapacidad de comunicarnos no nos aleja de los demás en general. A mí me alejó — sin querer, todavía — de la persona que más necesita que me acerque.
¿De quién te estás alejando tú, por creer que no puedes?