Jaycel Nova
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Las noches sin luz

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Desde hace tiempo el término "había una vez" ha sido motivo de curiosidad para todos. En mi familia siempre hubo alguien con tantos cuentos como experiencias vividas, al punto que se mezclaban como parte de nuestra microcultura. Todos tuvimos algo de eso, a pesar de ser una familia disfuncional.

Recuerdo las noches de los 80-90, la época de los apagones. En casa vivíamos mi padre, mi madre, mi hermano menor y yo — posiblemente el tiempo más estable que tuvimos como familia. No nos faltaba nada, y había tiempo para nosotros.

Cuando se iba la luz, sacábamos un colchón grande al patio interior y, aprovechando el fresco de la noche, nos pasábamos horas ahí. La única forma de olvidar la falta de electricidad era contar: recuerdos, vivencias, esa historia heredada de los más viejos. Era nuestra manera de sustituir la televisión.

No era un viaje a Disney, pero era algo exclusivo, solo nuestro. Esas noches se hicieron normales por el tiempo en que vivíamos.

Pero como toda historia interesante, las cosas cambiaron. La luz dejó de irse tanto. Mis padres se separaron, y poco a poco cada uno fue tomando distancia — algo natural y necesario, aunque tal vez apresurado por las circunstancias.

El colchón en el patio se quedó atrás. Años después, mi hermano formó su propia familia; yo, la mía, por mi lado.

Empecé a buscar algo más que vernos seguido: que no quedaran señales de lo que se rompió, y volver a ser, aunque fuera en parte, la familia que fuimos. Subsanar las carencias que cargamos. Vivimos cerca, nos llevamos extraordinariamente bien, y sorprendentemente lo hemos logrado. Lo inesperado fue lo que empezó a pasar en esos encuentros: volvieron a aparecer los relatos de siempre, y junto a ellos, otros nuevos.

Cualquiera podría decir que de esa ruptura debieron nacer solo recuerdos dolorosos — de abandono, de rencor, de la falta de una figura como el padre. Es posible. Muy posible. Ambos hemos tenido lo nuestro con ese tema. Pero la verdad es que, sin planificarlo, el momento nos hizo mejorar. Y hoy tenemos tantas historias para nuestros hijos que, cuando se vaya la luz, algo les podremos contar.