¿Quién es realmente el intolerante?
¿Quién es realmente el intolerante?
Fui a una entrevista de trabajo.
La persona que me recibió era amable. Cálida. De las que hacen sentir cómodo desde el primer momento. En algún punto de la conversación quedó claro que era creyente.
No fue incómodo. Era parte de quién era ella.
Y yo, como soy, fui honesto. Le dije que no profesaba la fe de la misma forma que ella. Sin drama. Sin confrontación. Solo la verdad.
No me escogieron.
Cuando me enteré del motivo real, no fue sorpresa.
No era mi perfil. No era mi experiencia. Era eso — que yo no creía igual que ella. Y ella lo comunicó. Sin filtro. Como si fuera una razón válida para descartar a alguien.
En ese momento no era creyente.
Y eso no me hizo odiar a nadie que lo fuera. Ni católicos, ni evangélicos, ni de ninguna religión. Una persona tomó una decisión mezquina — eso no convierte a todos los creyentes en lo mismo. Nunca pensé eso.
La intolerancia era de ella. No de su fe.
Hoy soy creyente. Y entiendo desde adentro lo que ella hizo mal.
Porque si algo enseña la fe real es que no eres portero. No eres el que decide quién merece una oportunidad basado en si cree igual que tú.
Somos llamados a otras cosas. A ser diferentes. A ser luz — no a apagar la de los demás.
Ahí está la ironía que todavía me parece fascinante.
La persona que representaba la fe tomó la decisión menos parecida a lo que esa fe enseña. Y el que fue honesto desde el primer segundo — sin poses, sin performance — era el que actuaba con más integridad en esa sala.
¿Quién fue el intolerante?
La respuesta es obvia. Lo difícil es que esa persona probablemente nunca se la haría a sí misma.
Cuando me enteré, no sentí rabia.
Sentí alivio.
Una persona capaz de tomar esa decisión — y comunicarla sin vergüenza — me estaba mostrando exactamente cómo funciona por dentro.
Ese no era un lugar donde yo quisiera estar.
Me salvé de una boca del lobo sin saberlo.
La honestidad que me "costó" el trabajo fue la misma que me protegió de uno malo.
A veces la puerta que se cierra es la que nunca debiste haber cruzado.
Y a veces quien te la cierra — creyendo que te está juzgando — te está haciendo el favor más grande sin saberlo.
Para el creyente, todo obra para bien.