Jaycel Nova
AUTOCONOCIMIENTO 2 min de lectura

Esperando el Momento Preciso

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Todas las mañanas llevo a mis hijas al colegio.

Es un ritual. No transporte — ritual. Veinte minutos donde la conversación puede ir a cualquier lado, donde los valores se cuelan sin que nadie los fuerce, donde a veces suena algo en la lista de reproducción que no debería estar ahí y hay que explicar por qué.

Un día sonó Willie Colón. Tiempo pa Matar, 1983.

Y en medio de todo, una frase se quedó flotando en el carro:

Esperando el momento preciso.

Me quedé callado. No porque la frase fuera nueva — sino porque me reconocí en ella de una manera que incomodó.


Esperé mucho tiempo para escribir.

No porque no tuviera qué decir. Sino porque siempre había una razón para no hacerlo todavía. No era el momento. No estaba listo. Había cosas más urgentes. La vida no daba espacio. Y debajo de todas esas razones — que sonaban razonables, que eran razonables — había algo más pequeño y más honesto:

¿Qué van a pensar?

Esa pregunta vivió en mí más tiempo del que me gustaría admitir. No siempre con ese nombre — a veces llegaba disfrazada de humildad, de prudencia, de todavía me falta. Pero era la misma pregunta. La misma espera. El mismo permiso que nunca terminaba de llegar porque nadie lo iba a dar si yo no me lo daba primero.


Soy corredor lento.

Lo sé. Lo acepto. No me avergüenza — pero tardé en llegar a eso. Porque en el mundo del running hay una jerarquía no escrita donde los rápidos miran a los lentos con cierta condescendencia. Como si el tiempo en el que cruzas la meta determinara si tienes derecho a llamarte corredor.

Lo que nadie dice — lo que yo aprendí parado en el Corral N de Chicago — es que esos mismos que critican al lento son lentos frente a los elite. Que la cadena no tiene fin. Que siempre hay alguien más rápido, más preparado, más todo. Y que esperar tener el paso suficiente para merecer correr es exactamente la trampa.

El corredor lento que sale y termina hace infinitamente más que el rápido que nunca arrancó.

Eso aplica para todo.


Aprendí, despacio y con resistencia, algo que debí saber antes:

Solo me debo a mí y a mi familia.

No a la opinión del que mira desde afuera. No a la aprobación del que nunca va a correr pero tiene criterio sobre mi paso. No al juicio del que espera que yo falle para tener razón. No a nadie que no esté en la trinchera conmigo.

Ese aprendizaje no llegó solo. Llegó después de años cediendo espacio — en decisiones, en sueños, en cosas que quería hacer y no hice porque medí primero cómo iban a caer afuera.

El momento preciso que estaba esperando no existía.

Existía este momento. El de ahora. El imperfecto, el incompleto, el que no tiene todos los elementos alineados y nunca los va a tener.


Willie Colón lo resolvió en la misma canción, dos versos después:

...y ahora es cuando es.

Eso es todo. No hay más filosofía que esa. No hay sistema ni método ni manual. Solo la decisión de dejar de pedirle permiso al futuro para vivir el presente.

Escribí. Corrí. Dejé de esperar que otros validaran lo que yo ya sabía que era verdad.

Y lo que descubrí — lo que sigo descubriendo — es que el momento preciso nunca fue una fecha en el calendario.

Era una decisión.

Y la decisión siempre estuvo aquí.