Jaycel Nova
LIDERAZGO 3 min de lectura

El jefe que me enseñó a ser líder: Una lección inolvidable

El jefe que me enseñó a ser líder: Una lección inolvidable

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El jefe que nunca volví a tener

Corría el año 2005 y la vida nos estaba dando una buena sacudida en casa. Económicamente, era un momento complicado. Y en medio de esa tormenta, apareció una oportunidad de trabajo. En ese momento, lo que yo necesitaba era un cheque a fin de mes, ser honesto. Pero la vida, a veces, tiene planes más grandes para uno.

Ahí conocí a Russ Borona.

Con él aprendí lo técnico, sí. Era su trabajo enseñarme. Pero la verdad es que eso no es lo que más se me quedó grabado. A veces las cosas importantes no son las que te enseñan en un manual.

Lo que realmente me marcó de Russ fue otra cosa, algo que iba más allá de las responsabilidades laborales.

Russ tenía una política de puertas abiertas que no era una frase bonita colgada en la pared. Era real. Podías llamarlo por lo que fuera, cuando fuera. Y no solo te escuchaba… ¡daba seguimiento! En un equipo que no era pequeño, lograba que cada persona sintiera que su opinión importaba, que su trabajo tenía valor, que ella tenía valor. ¿Cuántos jefes hacen eso de verdad?

Recuerdo una situación que, para mí, lo cambió todo. Un antes y un después.

Mi hermano estaba pasando por un problema en Estados Unidos y yo me encontraba en medio de una incertidumbre enorme. Imagínense el cuadro: preocupado, lejos, sin saber qué hacer. Russ no tenía ninguna obligación de involucrarse en eso. Ninguna. Era un asunto personal que no tenía nada que ver con la empresa. Pero lo hizo.

Se interesó genuinamente en cómo yo podía viajar, en cómo conseguir un pasaje rápido, en qué necesitaba para ayudar a mi hermano. Me llamaba, me escribía, estaba presente. No fue un gesto aislado de “buena gente”. Era su forma de ser, una constante. ¿Cuántas veces te has sentido solo con tus problemas, incluso en el trabajo?

Ahí entendí algo que en ese momento no supe poner en palabras, algo que me tomó tiempo procesar: no estaba frente a un jefe. Estaba frente a un líder. Y hay una diferencia abismal entre ambas cosas. Un jefe manda. Un líder guía. Un jefe se enfoca en resultados. Un líder se preocupa por la gente que produce esos resultados.

Con el tiempo entendí que no era solo conmigo. Era con todos en el equipo. Se tomaba el tiempo de conocer a su gente, de entender sus motivaciones, de empujarlos a crecer, a estudiar, a ver oportunidades donde otros no las veían. Defendía a su equipo con uñas y dientes, pero también lo retaba a dar lo mejor de sí. ¿Cuántas veces te han retado a crecer en vez de solo exigirte resultados?

Cuando dejó de ser mi jefe, nuestra relación cambió inevitablemente. Tuvimos diferencias, encontronazos… cosas que pasan cuando ya no hay una estructura formal de por medio. Pero nunca cambió algo importante: el respeto y la admiración que le tenía. Eso se quedó ahí, como una especie de deuda silenciosa. Como una lección aprendida a fuego lento.

Años después, días antes de que muriera, le escribí algo que nunca me había atrevido a decirle cara a cara: “I learned from you that bosses can—and should—care about their people. I never told you that… sometimes we move through life too fast.” (Aprendí que los jefes pueden y deben preocuparse por cada uno de sus empleados… Nunca te lo había dicho… A veces vivimos muy rápido).

Me tomó años entender el peso de esas palabras. El impacto de su liderazgo en mi vida. La importancia de conectar con la gente, de ser humano, de ver más allá de los números y las tareas.

Hoy, en lo que hago, trato de aplicar algo de lo que aprendí con él: darle oportunidades a la gente cuando nadie más se las da, o cuando ni siquiera ellos mismos las ven. Confiar en el potencial, incluso cuando no es evidente. Tratar a las personas como gente, como decimos aquí. Con respeto, con empatía, con la conciencia de que detrás de cada tarea hay una persona con sueños, miedos y aspiraciones.

No siempre lo logro.

A veces la presión, el estrés, las urgencias te hacen olvidar lo importante. A veces uno cae en la trampa de ver a las personas como piezas de un engranaje en lugar de seres humanos. Me falta mucho para estar a ese nivel, para ser ese tipo de líder.

Pero hay algo que tengo claro: la forma en la que él lideraba tocó muchas vidas. La mía es una de ellas. Sembró semillas de esperanza, de confianza, de posibilidad. Dejó un legado que va más allá de las habilidades técnicas que enseñó.

Hoy él no está.

Y hay cosas que uno entiende tarde. Cosas que uno debió haber dicho antes. Agradecimientos que se quedaron en la garganta. Reconocimientos que no se expresaron a tiempo.

Este texto es una de ellas. Un intento de saldar esa deuda silenciosa. Un homenaje a un hombre que me enseñó que un buen líder no es el que grita más fuerte, sino el que escucha con el corazón. Y un recordatorio de que, al final del día, lo que realmente importa es el impacto que tenemos en la vida de los demás. ¿Seremos recordados por el puesto que tuvimos, o por la persona que fuimos? Esa es la pregunta que me dejo.