El cuerpo factura lo que la mente pospone
El cuerpo factura lo que la mente pospone
La gente corría.
Yo los miraba.
Meses de decisiones, de problemas resueltos a medianoche, de cargar con lo que nadie ve — y cuando llegó el día, lo único que pude hacer fue contemplarlo. No desde adentro. Desde un lugar sin nombre exacto. Como una momia en pie. Presente, pero vaciado.
Hay un momento, en medio de todo eso, que sí disfruto. Es ver a la gente disfrutarlo. Verlos correr, reír, vivir algo que no saben cuánto costó construir. Ese segundo es mío. El único que me pertenece completamente.
Y al mismo tiempo es el más solitario.
Porque ellos ven el evento. Yo veo todo lo que no se ve.
Hay un equipo al lado mío que también lo siente. No con el mismo peso, pero lo siente. Saben de qué hablo cuando hablo de esto. Y aun así, en ese momento, no puedo verlos. Estoy demasiado adentro de mi propio silencio. Tan ensimismado en sostenerme que ni siquiera puedo voltear.
Eso también tiene un costo. Pero es uno que proceso después.
Así funciona esto. Meses operando bajo presión sin preguntarte cómo estás. El cuerpo no pregunta tampoco. Solo ejecuta. Y cuando todo queda resuelto — cuando la gente ya está celebrando — entras tú. El estrés que sostuviste para que todo funcionara ya cumplió su ciclo. Pero el tuyo estaba esperando. Sin negociar. Sin entender de logros ni de momentum.
El bajón llega cuando todo está bien. Eso es lo más extraño.
No el cansancio. No el llanto que aparece sin aviso. Lo más extraño es que el logro y el colapso llegan juntos, y no puedes separarlos. A veces no te da tiempo de entender que acabas de lograr algo antes de que el cuerpo ya esté presentando la factura.
Este fin de semana es el Reto. Ya sé lo que viene después.
Lo voy a mirar igual. Voy a ver a la gente disfrutarlo. Y voy a cargar, una vez más, con todo lo que ellos no saben.
Eso también es parte del costo.

